miércoles, 20 de enero de 2016

El amor de madre

Juan Francisco era un hombre de pocas palabras, de esos que le gustan ponerle la tilde a la letra “h”.  Era un hombre con actitud acerbo a todo. De los pocos que quedan en los confines de los pueblos. Pero de esos hombres que cuando se le empecina el cuerpo, alma y sexo con una mujer, no había contrafuerte que lo detuviera.  Sus mayores problemas en su vida fueron los enredos de faldas, pero siempre busco pretexto para librarse de ellos.
 
De todo ello dejó un gran acervo en materia de mujeriego, pero también de hombre trabajador  y testaduro.  Sólo una vez lo vieron llorar como un niño, berrinche limpio lo recuerdan muchos.
Ella lo recibía todas  la tarde con una buena y bien servida cena. El después de comer como un semental le gustaba acostarse en la hamaca y ella lo acompañaba sentada a su lado en un taburete. Cuenta la cocinera, mama Flora, que lo vio tirado por casi dos semanas en esa hamaca  llorando y bebiendo aguardiente, no lo podía creer, decía ella.
 
Ese hombre terco y brusco abrazado al cuerpo de ella, su madre, muerta de una fiebre que después de muchos años le llamaron “amarilla” arrodillado de dolor lloraba la muerte de su madre: una tierna pueblerina que le dio la vida  y que siempre lo había respaldado y apoyado aunque él no tuviera la razón.
 
Ella todas las tardes, desde niño, lo acostumbró después de la cena a echar una parrafada de lo cotidiano del día. Muchos años después el comentó que las dos semanas que estuvo tirado en la hamaca, bebiendo y berrinchando era que se estaba poniendo de acuerdo con su madre el día que se iban a encontrar en el cielo.

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