viernes, 16 de diciembre de 2022

LOS CAMINOS CRUZADOS. por Gilberto A. Yau

 Caminaba a pasos rápidos la joven soñadora.  Había dejado atrás su precioso hogar, su madre llorosa, su padre furioso y un pretendiente sin goce ni beneficio.  Ella se dirigía hacia un destino incierto, sin más armas que una esperanza y un sueño malogrado.  Cualquiera no pensaría que una jovencita sola en el camino de la vida se mostrara tan risueña y sin falta de miedo, era tan decidida que parecía que ni bandidos ni rufianes se atrevieran a cortarle el paso.

Llegó a las puertas de su destino, la gran ciudad, sin más contratiempos que un agujero en la media de sus pies. La ciudad de sus sueños donde esperaba hacer fortuna o enamorarse, o las dos cosas juntas si el destino se mostraba generoso. A ella le habían contado que desde un lugar maravilloso de la ciudad se podía observar a los ganzos volar hacia el sur y hasta podía escuchar al líder de la bandada de aves graznar con tanta fuerza alentando a sus compañeros a seguir volando en forma de flecha. Ella queria encontrar un hombre asi para establecerse: un hombre con temple y corazón para seguirlo a donde el ordenara.

Como andaba sin una gota de agua en su botella y con una urgencia de saciar su apetito, se detuvo frente a un espendio de comida que a esas horas  se hallaba casi vacío.  Rebuscó en su bolsillo sus escasas posesiones y solo encontró unos cuantos dólares y algunas monedas que en conjunto no alcanzaban para salvar la noche. Pero ella confiaba en su suerte, y apostaba a su juventud y que su desparpajo le proporcionara conquistar todos sus deseos. Con sus recien cumplidos dieciiocho años y con una figura ordenada y poca musculosa que llevaba resguardada en un vaquero desteñido y roto. Pero que en cada poro de su cuerpo emanaba una oda de juventud capaz de activar el sentido del olfato de cualquier hombre de seis décadas.


Estaba sumergida entre sus sueños y no sabía si quedarse o continuar con la opción de comer algo, cuando de pronto entró un hombre poco corpulento de estatura mediana, de cabello grisáceo que reflejaba que habían pasado muchas primaveras y otoños. El pasó sigiloso y busco asiento, se notaba tranquilo, habia  en él un aire que irradiaba energía y seguridad. Después, muchos años después, ella supo definir esa sensación de aquel hombre que se cruzó en su camino y que después de muchas  tardes de amorios clandestinos otros vientos cambiaron los rumbos de sus vidas.

El ordenó sus alimentos y mientras esperaba realizó un escaneo a todo lo que estaba a su alrededor y no había más que ver que a la chica que estaba sentada sola y con una mirada perdida. Parecia una escena recreada en la obra
de "Mujer solitaria," de Edward Hopper. No está mal, pensó él.  _Es casi una niña!


Qué buena suerte, alardeó entre dientes la todavía sedienta y famélica chica, y pensó, a éste le saco por lo mínimo la cena y el cuarto donde debo pasar la noche.

Hola señor: probó suerte la valiente, poniendo su cara más angelical, como niña alegre y desconcertada por la curiosidad. _Puedo sentarme con usted? _ Es que no conozco estos lugares y estar sola me llena de temor y ansiedad. 

El hombre la observó y no respondió, fueron segundos que se volvieron eternos. Ella, ahora poniendo su rostro igual que la mujer de "La Piedad" de Miguel Angel, siguió diciendo _ no quería molestar_, acotó, pretendiendo retirarse. Pero él la interrumpió diciéndole: _No es molestia, podemos acompañarnos, a mi tampoco me gusta comer solo.

Ambos en silencio guardaron para sí la conformidad de la circunstancias, cada uno cargando con la esperanza de aquel cazador que acecha a su presa. Ella no sabía que Hímero su mentor, le predijo a él que en el contexto de pasiones entre sábanas, las mentiras blancas son aceptadas. 

Así que Andrés no iba a dejarse engañar, pero se alegraba de escuchar las zalamerias de aquella muchacha sin importar que eran mentiras, porque confiaba en su capacidad de asimilar esos detalles.

Mucho antes de morir, Andrés, comentaba que en asuntos de amores un hombre sin importar su edad puede llegar a vivir otra vida y repasar sus antiguas pasiones si se encuentra con alguien que lo escuche, lo mime y le de cariño a sabiendas que todo sea fingido o remunerado. El lo resumía todo como aquel escritor, Alexandre Dumas: amistad, honor y lealtad. Pero Andrés, aseguraba y juraba que en asuntos de relaciones clandestinas se puede ser  infiel pero no desleal. 


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